sábado, 20 de agosto de 2011

"Psiquiatrismo" literario.

Te sitúo. Delante de mí hay un edificio residencial, sus terrazas y algo de la vida de sus inquilinos se asoman a los que contemplamos ese perfil. Más allá, justo detrás de las antenas que coronan estas viviendas, se levanta una montaña, nada de ochomiles, yo misma puedo contemplar la cima y los puntos en los que la vegetación abandona por miedo a morir ahogada entre la piedra, que se adueña de la pedanía de la cima. La cima no es una cumbre en la que confluyen todas las laderas, qué va, nada de eso. Supongo que será una llanura inmensa protegida por una fortaleza a base de rocas enormes.

No sé por qué te escribo, ni a ti ni a nadie, desde un lugar como éste; tan lejos de Madrid, del despertador. Aquí hay tres grados menos que allí, treinta y uno, que saben a sal. Este verano tengo dos títulos que recomendarte, dos nombres propios, contradictorios. K.Neville, estadounidense, una cerebrito en cuanto a lo que números e intrigas supone, me ha llenado la cabeza de piezas de ajedrez e historia, bien y/o mal a gran escala. Trama, notable; escritura, suficiente (para entenderlo). Se me olvidaba, "el Ocho" es el título de este súperventas. Y es que la historia engancha, seamos sinceras.

Escribo al tiempo que bailo con  mis pies, golpeando el suelo, al ritmo de la voz de Mika y una canción pegadiza, y me agarro a ella para mover mis hombros y después recordarme que yo quería hablarte de Almudena Grandes, autora española. Lo cierto es que la desconocía hasta hace unos meses, cuando, en una de mis habituales visitas a La Casa del Libro, su novela "Inés y la alegría" se extendía sobre un centenar de ejemplares expandidos por el suelo, unos sobre otros, bajo el título de "Best-seller". Estoy leyendo sus "Estaciones de paso", y aclararé de una manera muy poco explicativa, y al mismo tiempo, del todo, que es muy mía. Desarrollo. Análisis perfecto del sentimiento en primera persona, lejos del "psiquiatrismo" antiliterario al que se puede recurrir en un intento de hacer sentir a nuestros personajes y, para ello convertirnos en simples doctores mediocres que diagnostican. Mediocres, porque hay veces que ni nos atrevemos a curar.

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