Te sitúo. Delante de mí hay un edificio residencial, sus terrazas y algo de la vida de sus inquilinos se asoman a los que contemplamos ese perfil. Más allá, justo detrás de las antenas que coronan estas viviendas, se levanta una montaña, nada de ochomiles, yo misma puedo contemplar la cima y los puntos en los que la vegetación abandona por miedo a morir ahogada entre la piedra, que se adueña de la pedanía de la cima. La cima no es una cumbre en la que confluyen todas las laderas, qué va, nada de eso. Supongo que será una llanura inmensa protegida por una fortaleza a base de rocas enormes.
No sé por qué te escribo, ni a ti ni a nadie, desde un lugar como éste; tan lejos de Madrid, del despertador. Aquí hay tres grados menos que allí, treinta y uno, que saben a sal. Este verano tengo dos títulos que recomendarte, dos nombres propios, contradictorios. K.Neville, estadounidense, una cerebrito en cuanto a lo que números e intrigas supone, me ha llenado la cabeza de piezas de ajedrez e historia, bien y/o mal a gran escala. Trama, notable; escritura, suficiente (para entenderlo). Se me olvidaba, "el Ocho" es el título de este súperventas. Y es que la historia engancha, seamos sinceras.
Escribo al tiempo que bailo con mis pies, golpeando el suelo, al ritmo de la voz de Mika y una canción pegadiza, y me agarro a ella para mover mis hombros y después recordarme que yo quería hablarte de Almudena Grandes, autora española. Lo cierto es que la desconocía hasta hace unos meses, cuando, en una de mis habituales visitas a La Casa del Libro, su novela "Inés y la alegría" se extendía sobre un centenar de ejemplares expandidos por el suelo, unos sobre otros, bajo el título de "Best-seller". Estoy leyendo sus "Estaciones de paso", y aclararé de una manera muy poco explicativa, y al mismo tiempo, del todo, que es muy mía. Desarrollo. Análisis perfecto del sentimiento en primera persona, lejos del "psiquiatrismo" antiliterario al que se puede recurrir en un intento de hacer sentir a nuestros personajes y, para ello convertirnos en simples doctores mediocres que diagnostican. Mediocres, porque hay veces que ni nos atrevemos a curar.
sábado, 20 de agosto de 2011
martes, 21 de junio de 2011
El súperconsciente.
Hay miles de letras que componen sílabas, centenares de sílabas que me llevan a palabras. A mí y a ti, claro. Me da igual que no hayas cogido un bolígrafo en tu corta o larga vida. Es más, como te manejo a mi antojo, esta vez tienes ochenta y tres años, no sabes escribir ni leer. Llevas el pelo gris recogido en un moño bajo, al estilo de Evita Perón, y las arrugas se adueñan de tu rostro, haciendo tus ojos más pequeños. A ti lo de ser analfabeta no te preocupa demasiado, nunca has necesitado ni leer ni escribir ni para cultivar la tierra fértil de tu pequeño patio. Sabes coger algo que pinte y garabatear círculos que forman una espiral justo en el lugar burocrático donde tienes que firmar. Y ya. Nadie te ha leído historias; las mismas son las que cuentas que las que escuchaste en la cuna. En el kiosko sólo compras el periódico por las imágenes, y a saber la distancia entre lo que vuela en tu cabeza cuando las ves y el titular real que les da el primer apoyo.
Y a ti, que te tengo cerca, te pregunto algo que me hubiese encantado preguntar a todos aquellos que no pudieron nunca acceder a la cultura. ¿Qué haces cuando tienes algo que contar? ¿Te lo callas? ¿Lo pintas? Hay una película, se titula El lector. Pero la protagonista es muy diferente a ti. Ella es capaz de firmar su propia cadena perpetua si así no se descubre que no sabe leer ni escribir. De todas maneras, me gustaría que la vieses, Luisa. Es interesante toda la carga emocional que tiene el largometraje, aunque quizás, a ti lo que te gusten sean las comedias románticas o la tragedia pura y dura. Ya te advierto, todo lo que yo te recomiende será de un realismo dramático. No le quites a este último término su cincuenta por ciento de comedia, amiga. (Le pido a quien te lo lea, que lo haga primero varias veces en voz alta antes de sentarse contigo delante de un café con leche, que emplee un tono cordial pero sincero, coloquial, que respete los signos de puntuación, que para eso juego con ellos; y que no comente mientras desarrolla su labor.) Te decía que tú no te pareces a la protagonista. A tus ochenta años has vivido todo y no tienes nada de qué avergonzarte. O quizás sí, pero claro, eso supongo que lo guardas como un secreto en un pequeño rincón, al que vuelves pocas veces, pero cada vez que lo haces te instalas en él, tanto si es bueno y quisieras volver a ese momento, como si es malo y quisieras olvidarlo, poner un candado. Creo que todos almacenamos cosas así en nuestro inconsciente. Están dormidas, parecen que nunca nos volverán a molestar, pero...
Es un escenario, es marrón, está hecho de madera antigua y cruje cuando lo pisas. Tiene una trampilla en la parte frontal, que al bajarla hace que se desplomen unas escaleras, que también son marrones y crujen. Hay dos telones: el externo es una cortina granate o amarilla, y siempre está cogida con cuerdas a los lado; el otro es de color beige y también es una cortina. Los aplausos despiden la actuación anterior. La cortina beige marca el fin, y mientras, un grupo repartimos espigas por todo el escenario. Nos preparamos. Nos tenemos que hacer las dormidas. No sé qué es, pero suena la música, se abre la cortina beige y nosotras, en mitad de aquellas espigas, nos despertamos, somos cuatro. Nos despertamos y nos ponemos un pañuelo en la cabeza. Y es la felicidad más tierna y sincera en la que me reconozco. Los focos no dejan más que ver sombras entre las butacas granates. Hace más de nueve años de estos minutos, pero, ya sabes cómo son estas cosas del inconsciente, subconsciente, o, mejor dicho, súperconsciente.
domingo, 19 de junio de 2011
¡Qué lástima!
¡Qué dolor de cabeza, de pies, de gemelos, de rodillas!
El otro día, después de algunos aplausos, estuve cenando con varios amigos. Uno de ellos, actor desde que vino a este mundo y, posiblemente, hasta que desaparezca de él, me dijo que no le gustaba el cine español. Me sorprendió. ¡Pobre! Como si no tuviese derecho a decir que no le gustan películas como Torrente... Dejando a un lado la ironía, a continuación le pregunté si había visto Vida y color o Una palabra tuya. Negó, me dijo que las desconocía. Es más, al decirle que la segunda había sido dirigida por González-Sinde, se indignó:
-No me fío de alguien que ha escrito el guión de Mentiras y gordas y es la ministra de cultura.
Me callé, había sido un golpe sincero. Insistí, supongo en vano, en que viese ambas. Qué pena, ¿no, Luisa? Me da mucha lástima que películas tan buenas como las mencionadas queden en la sombra de taquillazos como Torrente. Pero eso gusta. Gusta verse reflejado en un ser corrupto. Ese es el problema: que es un taquillazo.
Luisa, espero que estés de acuerdo conmigo. El público se merece algo mejor. Y tú posiblemente me responderías que sí, pero que es el público quien decide. Y me darías varios ejemplos. Mujeres, hombres y viceversa, Gran Hermano, Sálvame, Sálvame Deluxe y las infinitas revistas que hablan de todo menos de la realidad. Y aquí, yo te pregunto, querida Luisa, los que quieren cambiar la actitud hacia la ignorancia, ¿qué deben hacer? Y, otra cuestión, ¿qué posibilidades tienen de llevar a cabo su proyecto?
El otro día, después de algunos aplausos, estuve cenando con varios amigos. Uno de ellos, actor desde que vino a este mundo y, posiblemente, hasta que desaparezca de él, me dijo que no le gustaba el cine español. Me sorprendió. ¡Pobre! Como si no tuviese derecho a decir que no le gustan películas como Torrente... Dejando a un lado la ironía, a continuación le pregunté si había visto Vida y color o Una palabra tuya. Negó, me dijo que las desconocía. Es más, al decirle que la segunda había sido dirigida por González-Sinde, se indignó:
-No me fío de alguien que ha escrito el guión de Mentiras y gordas y es la ministra de cultura.
Me callé, había sido un golpe sincero. Insistí, supongo en vano, en que viese ambas. Qué pena, ¿no, Luisa? Me da mucha lástima que películas tan buenas como las mencionadas queden en la sombra de taquillazos como Torrente. Pero eso gusta. Gusta verse reflejado en un ser corrupto. Ese es el problema: que es un taquillazo.
Luisa, espero que estés de acuerdo conmigo. El público se merece algo mejor. Y tú posiblemente me responderías que sí, pero que es el público quien decide. Y me darías varios ejemplos. Mujeres, hombres y viceversa, Gran Hermano, Sálvame, Sálvame Deluxe y las infinitas revistas que hablan de todo menos de la realidad. Y aquí, yo te pregunto, querida Luisa, los que quieren cambiar la actitud hacia la ignorancia, ¿qué deben hacer? Y, otra cuestión, ¿qué posibilidades tienen de llevar a cabo su proyecto?
viernes, 17 de junio de 2011
Hola Luisa.
Siempre gusta asegurarse de que quien a uno lee, escucha y no sólo oye. Es estúpido pero humano, y como humana, voy a dedicarme a alguien o, lo que es lo mismo, dedicar mis sílabas a alguien. No lo conozco, pero le caigo bien; nunca he intercambiado una palabra con él, pero quiere saber todo de mí, y estoy dispuesta a contárselo. Se llama Luisa, no sé su edad, ni su apariencia, y a decir verdad, sólo lo he escogido por lo que me gusta la letra s entre dos vocales: le da fuerza a la que sigue y seguridad a la que precede.
Así que querida Luisa. No sé si te quiero, porque no te conozco, aún así, quiero a todo a quien me lee, y como tú lo vas a hacer porque te caigo lo suficientemente bien como para hacerlo, te quiero. Y por lo tanto, estimada Luisa. Hoy es viernes de junio. Y hace calor, lógico, dirás. Y te daré la razón. Todos los viernes de junio hace calor. Llueva, nieve, pero siempre hace calor.
Y Madrid se hunde en el calor de un viernes de junio. No sé si has visitado alguna Madrid. De no ser así, me gustaría que vinieras y pasearas por sus calles y te confundieras con ellas. Si caes en el hechizo, olvidarás tu propia identidad, que vistes vaqueros y camiseta, lo olvidarás todo. Y ese momento, te aseguro, será uno de los más preciados de tu existencia. Tus pies se tropezarán entre algunas calles empedradas del barrio de los Austrias, y en ese instante, comenzará la metamorfosis. Y te volverás algo loca. Querrás creer que Quevedo cojeaba hasta la taberna que habrá justo enfrente de ti, o que Lope le dedicaba sus versos a la chica que acaba de pasar a tu lado. Y no querrás dejar escapar tu momento, pero lo abandonas. Un vehículo. Querrá pasar y tú le estarás interrumpiendo el paso. A lo mejor sí vives en Madrid, pero nunca te has dado cuenta de este pequeño detalle. Suele pasar, no te asustes. Lo que a algunos hace un poco más feliz, para otros es minúsculo y no merece más atención que un desprecio.
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