martes, 21 de junio de 2011

El súperconsciente.

Hay miles de letras que componen sílabas, centenares de sílabas que me llevan a palabras. A mí y a ti, claro. Me da igual que no hayas cogido un bolígrafo en tu corta o larga vida. Es más, como te manejo a mi antojo, esta vez tienes ochenta y tres años, no sabes escribir ni leer. Llevas el pelo gris recogido en un moño bajo, al estilo de Evita Perón, y las arrugas se adueñan de tu rostro, haciendo tus ojos más pequeños. A ti lo de ser analfabeta no te preocupa demasiado, nunca has necesitado ni leer ni escribir ni para cultivar la tierra fértil de tu pequeño patio. Sabes coger algo que pinte y garabatear círculos que forman una espiral justo en el lugar burocrático donde tienes que firmar. Y ya. Nadie te ha leído historias; las mismas son las que cuentas que las que escuchaste en la cuna. En el kiosko sólo compras el periódico por las imágenes, y a saber la distancia entre lo que vuela en tu cabeza cuando las ves y el titular real que les da el primer apoyo. 

Y a ti, que te tengo cerca, te pregunto algo que me hubiese encantado preguntar a todos aquellos que no pudieron nunca acceder a la cultura. ¿Qué haces cuando tienes algo que contar? ¿Te lo callas? ¿Lo pintas? Hay una película, se titula El lector. Pero la protagonista es muy diferente a ti. Ella es capaz de firmar su propia cadena perpetua si así no se descubre que no sabe leer ni escribir. De todas maneras, me gustaría que la vieses, Luisa. Es interesante toda la carga emocional que tiene el largometraje, aunque quizás, a ti lo que te gusten sean las comedias románticas o la tragedia pura y dura. Ya te advierto, todo lo que yo te recomiende será de un realismo dramático. No le quites a este último término su cincuenta por ciento de comedia, amiga. (Le pido a quien te lo lea, que lo haga primero varias veces en voz alta antes de sentarse contigo delante de un café con leche, que emplee un tono cordial pero sincero, coloquial, que respete los signos de puntuación, que para eso juego con ellos; y que no comente mientras desarrolla su labor.) Te decía que tú no te pareces a la protagonista. A tus ochenta años has vivido todo y no tienes nada de qué avergonzarte. O quizás sí, pero claro, eso supongo que lo guardas como un secreto en un pequeño rincón, al que vuelves pocas veces, pero cada vez que lo haces te instalas en él, tanto si es bueno y quisieras volver a ese momento, como si es malo y quisieras olvidarlo, poner un candado. Creo que todos almacenamos cosas así en nuestro inconsciente. Están dormidas, parecen que nunca nos volverán a molestar, pero...

Es un escenario, es marrón, está hecho de madera antigua y cruje cuando lo pisas. Tiene una trampilla en la parte frontal, que al bajarla hace que se desplomen unas escaleras, que también son marrones y crujen. Hay dos telones: el externo es una cortina granate o amarilla, y siempre está cogida con cuerdas a los lado; el otro es de color beige y también es una cortina. Los aplausos despiden la actuación anterior. La cortina beige marca el fin, y mientras, un grupo repartimos espigas por todo el escenario. Nos preparamos. Nos tenemos que hacer las dormidas. No sé qué es, pero suena la música, se abre la cortina beige y nosotras, en mitad de aquellas espigas, nos despertamos, somos cuatro. Nos despertamos y nos ponemos un pañuelo en la cabeza. Y es la felicidad más tierna y sincera en la que me reconozco. Los focos no dejan más que ver sombras entre las butacas granates. Hace más de nueve años de estos minutos, pero, ya sabes cómo son estas cosas del inconsciente, subconsciente, o, mejor dicho, súperconsciente. 

1 comentario:

  1. Añoranzas del teatro? Uhmm, persigue tu sueño aunque sea en alemán ;-)

    ResponderEliminar